Hacía frío.
Para no someterme al viento de la calle, y de paso tomar algo caliente, me metí en un bar.
Se les habría ocurrido lo mismo a todos; porque no quedaban mesas libres.
—¿Quieres sentarte aquí?
En una mesa cercana, un señor me indicaba una silla vacía ante él.
—Bueno, gracias. Quiero parar un rato a tomarme un café.
—Hay lugar para todos.
Me senté y lo saludé.
Se me ocurrió que no era de esas caras que conocemos en el trabajo, ni de las que atienden comercios, ni de las que vemos entrar o salir de un edificio.
Tenía más de sesenta años, cuerpo delgado y algo encorvado, algunas canas, una cara también delgada, de piel medio arrugada y mentón casi puntiagudo rematado por un mechón de barba.
Estaba con los codos en la mesa, y a veces apoyaba el mentón sobre sus huesudas manos. Se veía amable pero no sonreía, y aunque sus ojos parecían no enfocar nada revelaban una rara intranquilidad.
—Parece que te interesa mirar a la gente.
Me sorprendió ese comentario, poco previsible en quien le habla a un desconocido.
—Y… es lo que se me ocurre al entrar a un bar.
—Es bueno mirar a la gente.
Vino el camarero, pedimos dos cafés y los trajo en seguida.
—A mí me gustan los bares donde no hay televisión. El espectáculo es la gente.
—Buena idea —me dijo—.
Bebió un sorbo de café y alzó la vista, aunque no parecía fijarla en mí.
—No es casualidad que hayas entrado justo ahora, que no haya habido mesas y que te hayas sentado aquí.
Otra vez un comentario que no esperaba. Me quedé mirándolo en silencio.
—Tú eres el que recibirá lo que tengo para el mundo.
Sacó de su bolsillo una tarjeta y me la entregó.
No coincidía en nada con una tarjeta comercial o profesional. Era de un violeta medio oscuro, que no permitía leer bien las letras negras. Entre unos bordes con orlas simples y antiguas, decía en el centro Maestro Mateo. Debajo no figuraban teléfonos ni direcciones de mail; solamente una calle, número, planta y puerta.
“Este tiene un consultorio astrológico o algo así”.
—Te invito a mi casa. No es nada que tengas que pagar—. No sonreía, pero sus gestos sonaban a amistad.
Llamó al camarero y le pagó los cafés.
—Nos veremos—. Me dio la mano, se puso de pie y fue lentamente hacia la salida.
Lo miré alejarse, me quedé un rato sentado y después me fui.
A los pocos días, como la dirección que figuraba en la tarjeta estaba cerca, se me ocurrió ir.
Mateo, su nombre según la tarjeta, se mostró satisfecho de que hubiera ido, aunque sin esbozar nunca una sonrisa.
Estábamos en una habitación poco iluminada, rodeada de cortinas de tono azul oscuro, sobre las que gruesos bordados en dorado y plateado trazaban signos del zodíaco.
Me dije que había acertado con mi diagnóstico del bar.
—Siéntate.
En el centro de la habitación había una mesa con un tapete también azul y bordes dorados, y dos sillas.
Me senté, en guardia contra un inminente intento de engaño.
Él se instaló ante mí. Vi tras su espalda una pared, invariablemente oscura, sobre las que dos cuadros mostraban vistosas cartas del Tarot.
Bajo los cuadros se veía un mueble-repisa de varios estantes. En todos ellos había teteras; nada más que teteras; de formas, colores y materiales que sugerían distintos orígenes.
—Nosotros conversamos ante pocillos de café— comentó al verme concentrado en las teteras. Pero eso empezó hace poco. Desde mucho antes la gente se reunió alrededor del té.
—Parece que sí. Hay teteras muy antiguas, y en cada lugar las hacen distintas.
—¿Tienes una tetera en tu casa?
—No, pero mis padres tenían.
—Antes todo el mundo tenía una. Las teteras se acostumbraron a la gente, y recuerdan lo que le escuchan decir.
Me quedé mirándolo.
—Yo siempre supe que las teteras nos conocen, y con el tiempo he aprendido a escucharlas.
—¿Cómo que ha aprendido a escucharlas?
—Las escucho… yo las escucho… —dijo con la mirada perdida y las manos más movedizas que antes—. Las junto aquí para probar cuáles me hablan. Hay teteras que nunca me dicen nada; pero de vez en cuando alguna me habla de la gente que vio.
Había supuesto que inventaba argumentos para que yo terminara pagándole algún tipo de sesión. Ahora me dije que no estaba muy en sus cabales.
—La gente cree que se leen revelaciones en las cartas, en los astros… Pero no; no se lee: se ve. Es ver, es escuchar, o es enterarse no sé cómo, pero es recibir y saber…
No se me ocurrió decirle nada. Ahora parecía más erguido, más encendido, y hacía gestos casi entusiastas.
—Yo las escucho… Las escucho porque las quiero y las entiendo. Me cuentan las vidas que vieron. Hasta escuché a teteras que ya no están, porque tarde o temprano todas se rompen…
Ya era demasiado. Algo no debería andar bien en su cabeza.
Me quedé en silencio, paseando la mirada por las cortinas con signos del zodíaco.
—¿Sabes por qué los signos son doce? —Me preguntó.
—No sé… debe ser porque hay doce meses.
—Nos acostumbramos a pensar en lo que se nos aparece; pero no vemos lo que hay detrás.
—¿Y qué es lo que hay detrás?
—Algo está determinando que todo se agrupe así. Como hay doce signos hubo doce tribus de Israel; y Cristo reunió doce discípulos; ninguno más.
—Puede ser…
—Cuando se forma un conjunto de doce todo se completa; se alcanza la culminación. Cuando se es capaz de ver se entiende el porqué.
—Y… debe ser así—. No le encontré sentido a opinar ni a pedirle explicaciones, si es que las hubiera…
—Yo sabía que cuando las teteras me hubieran contado doce historias culminaría mi misión, y esas doce historias revelarían lo que hace falta saber sobre la humanidad.
Empecé a sospechar que estaba ante alguien peligroso.
—Y ahora he llegado a esas doce historias. Mi razón de estar en este mundo se ha cumplido.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Lo que yo tenía que hacer ha culminado. Solo faltaba que llegara el que pudiera recibirlas.
—¿Por qué tenía que llegar ese alguien? 
—Sé que eres tú… Si te gusta mirar a la gente seguro que te gusta leer.
—Sí… Me gusta leer.
Se puso de pie y fue hacia dos largos estantes sujetos con ménsulas en una pared lateral. Estaban llenos de libros, y me pregunté qué le gustaría leer a aquel sujeto.
Tomó un libro y vino hacia mí.
Ahí creí entender: quería convencerme de que existía un libro especialísimo para que se lo comprara.
Pero ese libro no parecía una cosa vendible. Se había encuadernado a mano por viejos métodos. El clásico papel de tonos apagados con dibujos, el lomo y las esquinas de papel de otro color. Era una artesanía antigua pero un libro flamante, sin una mota de polvo de biblioteca.
—Aquí están las doce historias.
Lo tomé en las manos. No tenía título ni inscripciones.
—Es un regalo para ti; porque eres el elegido.
—¿Es un regalo?
—Con esto sabrás lo que hay que saber.
—Bueno, gracias…
Se me aparecían más y más preguntas. Cómo podía ser que las teteras le contaran historias, qué era eso tan importante que había que saber, por qué lo del elegido…
Pero pedirle explicaciones sería como darle la razón, como si le creyera mucho lo que decía. Había pasado de parecerme agradable a resultar incómodo, y a darme ganas de salir de allí.
No imaginaba con qué saldría si le daba más conversación.
—No entiendo casi nada, pero lo voy a leer.
—Valdrá la pena.
—Muchas gracias. Después voy a venir a contarle.
—Como quieras.
A lo mejor sería más amable hablar un poco más; pero tenía cada vez más ganas de irme.
Nos saludamos y me fui.
La calle fue un reencuentro con el olvidado mundo de lo normal. Casi me sorprendió que siguieran ahí la luz del sol, los ruidos de siempre, los coches, la gente yendo y viniendo sin saber nada de revelaciones, misiones ni culminaciones.
Dejé el libro en mi casa y continué con mi vida.
Por unos días me pregunté si aquel sujeto llevaba en su mente algo más o menos serio que hiciera falta entender. Después aquello quedó tan desconectado de la realidad real, como archivado en un rincón, que se me acabaron los interrogantes. Era algo que había pasado y nada más.
Pero el libro estaba ahí, y a mí me gusta mirar a la gente y me gustan los libros.
Entonces me puse a leer esas doce historias.